Gran parte de la primera mitad del siglo XX estuvo condicionado por un carácter bastante bélico que nacía de las constantes tensiones entre países.
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Desde finales del siglo XIX, había nacido la llamada »carrera imperialista» en la que las grandes potencias, tanto europeas como americanas y asiáticas luchaban la repartición de los dominios, de las tierras a escala global.
Cada país configuraba un bloque hegemónico con sus colonias, en ellas encontraba sustento, materia prima y mano de obra barata para alimentar el ansía de producción surgida de la I y II Revoluciones Industriales. Básicamente, la importancia de un país se basaba en su número de colonias y su extensión, es por ello que Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia tuvieron una enorme trascendencia a escala global y otras, como Alemania, Italia, que llegaron tarde a la carrera imperialista debido a su tardía aparición o unificación, tuvieron escasa relevancia.

Todo esto hizo proliferar unas continuas tensiones entre los países más importantes que se intentaron apaciguar mediante tratados, paces… En Europa, el territorio más pujante de la época era toda la zona balcánica, ya que el control de ésta, permitía controlar todo el comercio naciente y saliente del mar Mediterráneo.
Otto Von Bismark, también conocido como el »canciller de hierro», ideó una tratado de paz entre el Imperio Austrohúngaro y las diferentes potencias europeas para salvar el asunto, sin embargo, sus medidas trajeron (junto con el asesinato del Archiduque Francisco de Austria) justo lo contrario, la I Guerra Mundial.

La I Guerra Mundial o también conocida como guerra de trincheras enfrentó a las potencias centrales formada por la Triple Alianza (Imperio Alemán, Austrohúngaro y el Otomano) con los aliados (Francia, Gran Bretaña, Rusia (posterior URSS) entre otras). Las consecuencias fueron catastróficas, centenares de civiles murieron por causa de bombardeos, de odio irracional… El tratado más importante fue la Paz o Tratado de Versalles, en el que se terminó oficialmente con el estado de guerra entre el Segundo Reich alemán y las potencias aliadas, a cambio, los alemanes debían de ceder los territorios de Alsacia y Lorena a Francia: este tratado fue uno de los grandes detonantes de la Segunda Guerra Mundial. La importancia de Alsacia y Lorena residía en que eran zonas de gran interés industrial, había grandes explotaciones de materia prima utilizadas para armamento, abastecimiento urbano, ejército, construcción…
El periodo de entreguerras tampoco fue muy diferente al anterior, seguía habiendo tensiones, pero en este caso ideológicas. Debemos de recordar que la URSS había nacido en plena Primera Guerra Mundial tras la revolución ruso-bolchevique en octubre de 1917 y su ideología, puramente comunista, contrastaba directamente con el ferviente carácter capitalista de gran parte de Europa, en las que la clase burguesa-liberal tenía una gran trascendencia.
Tras el crack de 1929 en Estados Unidos, el sistema capitalista parecía venirse abajo, fue una caída comparable con la ocurrida en 1848, muchas empresas llegaron a la quiebra y se cuestionaron por segunda vez las bases del liberalismo. Debido al libre comercio establecido por los liberales capitalistas, gran parte de la pujanza económica de Europa no provenía de ella misma si no de Estados Unidos y las patrias iberoamericanas, es por ello que cuando la gran patria americana se sumió en una profunda crisis, el resto de potencias también lo hicieron, como un efecto dominó.
En pleno descontento con el sistema, proliferaron ideologías extremistas para, mediante reformas radicales, acabar con la profunda crisis que se estaba viviendo. La primera de ellas, la comunista, más tarde el fascismo italiano y por último, el nacionalsocialismo alemán conformaron los llamados autoritarismos europeos de entreguerras y fueron las tres caras de las que se escindió la Segunda Guerra Mundial.
Todo parecía un flash back, estábamos a punto de otro estallido, la hermana de la Primera Guerra Mundial se iba acercando y nadie parecía darse cuenta…